El niño interior y el adulto
Lo ideal, y lo más saludable, sería que el niño creciera progresiva y armoniosamente de modo que el miedo diera paso al valor, la fuerza y la determinación; la inmadurez a la madurez y a la conciencia y la dependencia a la independencia y a la autonomía. Pero manteniendo vivas esas otras facetas tan constructivas como son la expresividad, la espontaneidad, la emotividad, la apertura o la capacidad para vivir en el ahora (alejado del pasado y del futuro).
Así las cosas, es muy frecuente encontrarse con adultos que, o bien nunca han vivido su niño en toda su dimesión (forzados por sus circunstancias), o que, habiéndolo vivido, lo han reprimido al alcanzar la edad adulta. Es decir, que el adulto ha fagocitado al niño y lo ha reducido a la mínima expresión. A la par que, a pesar del transcurrir del tiempo, se mantienen vigentes el miedo, la inmadurez y la dependencia; cuando no, acrecentados. Y, claro, todo eso genera infelicidad, conflictos, y, a la larga, enfermedades.
Porque, obviamente, salimos perdiendo cada vez que faltamos a la verdad, cada vez que reprimimos nuestras emociones, cada vez que renunciamos a la frescura, a la espontaneidad, o a soñar despiertos, cada vez que cerramos nuestra mente a nuevas posibilidades o cuando vivimos esclavos del pasado. Todo eso supone ahogar esa parte tan hermosa y luminosa de nosotros; e implica, las más de las veces, estar como muerto, falto de vida y de alegría.
A propósito de esta cuestión, escribí hace pocas semanas un texto autobiográfico que saca a colación el tema que hoy os comento. Lo titulé:
COEXISTENCIA
A veces ocurre que el Carlos-niño sueña con viajar a otros planetas,
y se hace preguntas que ni siquiera su padre sabe contestar,
y decide abrir su nuevo juguete para saber qué hay dentro,
y por algún motivo se emociona viendo a Heidi por la tele,
y le da por charlar con su amigo Pablo durante horas.
Otras veces, sin embargo, el Carlos-niño teme cruzar a oscuras el pasillo de casa,
o, simplemente, siente rabia por tener que compartir,
o se precipita en abismos llevado por su carácter impulsivo,
o le aflige la tristeza de no saberse amado por la más guapa de la clase,
o nada sin flotador en convulsos mares de absoluta incomprensión.
Entonces llega el Carlos-hombre,
lleno de confianza y seguridad,
y lo abraza amoroso, sereno y sonriente.
Y la Madre Tierra,
que los sostiene a ambos,
resplandece toda azulada
en mitad del firmamento.
Y gira,
y gira,
y gira…
A veces ocurre que el Carlos-niño sueña con viajar a otros planetas,
y se hace preguntas que ni siquiera su padre sabe contestar,
y decide abrir su nuevo juguete para saber qué hay dentro,
y por algún motivo se emociona viendo a Heidi por la tele,
y le da por charlar con su amigo Pablo durante horas.
Otras veces, sin embargo, el Carlos-niño teme cruzar a oscuras el pasillo de casa,
o, simplemente, siente rabia por tener que compartir,
o se precipita en abismos llevado por su carácter impulsivo,
o le aflige la tristeza de no saberse amado por la más guapa de la clase,
o nada sin flotador en convulsos mares de absoluta incomprensión.
Entonces llega el Carlos-hombre,
lleno de confianza y seguridad,
y lo abraza amoroso, sereno y sonriente.
Y la Madre Tierra,
que los sostiene a ambos,
resplandece toda azulada
en mitad del firmamento.
Y gira,
y gira,
y gira…
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