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    06 septiembre 2010

    El niño interior y el adulto

    Existe una larga serie de características propias de los niños que todos conocemos sobradamente: su expresividad, su espontaneidad, su imaginación, su adaptabilidad, su emotividad, su apertura, su capacidad para aprender o para vivir en el ahora... Sin embargo, al mismo tiempo, coexistiendo con esas facetas, se manifiestan otras que, en el caso de los niños, no constituyen inarmonía, tales como el miedo (a cosas que, para una adulto, serían insignificantes), la inmadurez o la dependencia. A fin de cuentas, es algo inherente a su edad.

    Lo ideal, y lo más saludable, sería que el niño creciera progresiva y armoniosamente de modo que el miedo diera paso al valor, la fuerza y la determinación; la inmadurez a la madurez y a la conciencia y la dependencia a la independencia y a la autonomía. Pero manteniendo vivas esas otras facetas tan constructivas como son la expresividad, la espontaneidad, la emotividad, la apertura o la capacidad para vivir en el ahora (alejado del pasado y del futuro).

    Así las cosas, es muy frecuente encontrarse con adultos que, o bien nunca han vivido su niño en toda su dimesión (forzados por sus circunstancias), o que, habiéndolo vivido, lo han reprimido al alcanzar la edad adulta. Es decir, que el adulto ha fagocitado al niño y lo ha reducido a la mínima expresión. A la par que, a pesar del transcurrir del tiempo, se mantienen vigentes el miedo, la inmadurez y la dependencia; cuando no, acrecentados. Y, claro, todo eso genera infelicidad, conflictos, y, a la larga, enfermedades.

    Porque, obviamente, salimos perdiendo cada vez que faltamos a la verdad, cada vez que reprimimos nuestras emociones, cada vez que renunciamos a la frescura, a la espontaneidad, o a soñar despiertos, cada vez que cerramos nuestra mente a nuevas posibilidades o cuando vivimos esclavos del pasado. Todo eso supone ahogar esa parte tan hermosa y luminosa de nosotros; e implica, las más de las veces, estar como muerto, falto de vida y de alegría.

    A propósito de esta cuestión, escribí hace pocas semanas un texto autobiográfico que saca a colación el tema que hoy os comento. Lo titulé:


    COEXISTENCIA


    A veces ocurre que el Carlos-niño sueña con viajar a otros planetas,
    y se hace preguntas que ni siquiera su padre sabe contestar,
    y decide abrir su nuevo juguete para saber qué hay dentro,
    y por algún motivo se emociona viendo a Heidi por la tele,
    y le da por charlar con su amigo Pablo durante horas.

    Otras veces, sin embargo, el Carlos-niño teme cruzar a oscuras el pasillo de casa,
    o, simplemente, siente rabia por tener que compartir,
    o se precipita en abismos llevado por su carácter impulsivo,
    o le aflige la tristeza de no saberse amado por la más guapa de la clase,
    o nada sin flotador en convulsos mares de absoluta incomprensión.

    Entonces llega el Carlos-hombre,
    lleno de confianza y seguridad,
    y lo abraza amoroso, sereno y sonriente.

    Y la Madre Tierra,
    que los sostiene a ambos,
    resplandece toda azulada
    en mitad del firmamento.

    Y gira,
    y gira,
    y gira…

    Etiquetas: Varios

    autor: Carlos Lacomba Verdés    e. permanente


    Todos los artí­culos (excepto aquéllos en los que se da a entender lo contrario) han sido escritos

    por Carlos Lacomba Verdés, y están basados en su experiencia personal y profesional.

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